FERNÁNDEZ RODRÍGUEZ, TOMÁS-RAMÓN / RAMÓN FERNÁNDEZ, TOMÁS
La «Gloriosa», que es el nombre con el que designamos a nuestra Revolución liberal, fue recibida con enorme entusiasmo por los españoles. De lo que dan fé los testimonios de dos personajes tan dispares como Juan Valera y Elie Réclus. El escritor y diplomático egabrense, al ver el regocijo con el que los madrileños se manifestaron el 29 de septiembre al conocer el desenlace de Alcolea escribió a su mujer para decirle, ni más ni menos, que «no parece sino que les ha caído el premio grande de la lotería». El anarquista y etnógrafo francés tuvo la misma impresión al llegar esos mismos días a Barcelona y ver «la alegría en todos los semblantes» y la extraordinaria animación en las calles, tanta que «parecía aquello el intermedio de un baile al que asistieran quince mil personas».
Los políticos que protagonizaron el proceso no les fueron a la zaga, ni mucho menos. En poco más de dos semanas dieron prueba de su conmovedora fé en la libertad. Y llevaron a la Gaceta los Decretos reconociendo esa libertad en todas sus manifestaciones e implantando el sufragio universal en el que había de expresarse la soberanía nacional, la gran bandera de la Revolución. En apenas ocho meses se pudo contar con una Constitución impecable, que todavía hoy se lee con gusto, a pesar de que ha transcurrido ya más de siglo y medio desde que fue escrita.
Lamentablemente, lo que empezó de forma tan brillante tuvo seis años después un final caótico. El asesinato de Prim a finales de 1870 dio paso al reinado anodino de Amadeo. Que, al cabo de dos años, renunció, aburrido, a la Corona, lo que, prácticamente sin querer, trajo una República asamblearia. Ésta terminó en una dictadura irreconocible y en el caos final, provocado por tres guerras civiles simultáneas:
la de Cuba, que comenzó con el grito de Yara en octubre de 1868,
la carlista que siguió al alzamiento de 8 de abril de 1872
y, finalmente, la cantonal, a la que dio un brillo que no merecía la novela de Ramón J. Sender.
Ese final caótico no puede hacer olvidar que la «Gloriosa» fue un esfuerzo sincero de colocar a España en la hora liberal. Y que, si no logró formar el país que los revolucionarios soñaron, sí consiguió destruir los últimos vestigios del Antiguo Régimen y sentar las bases, al menos, de un Estado moderno.
De ese esfuerzo y de esa obra ingente, aunque incompleta, quiere darse cuenta aquí de la mano de quienes fueron sus principales artífices: Práxedes Mateo-Sagasta, el político que se hacía querer. Manuel Ruiz Zorrilla, el liberal irreductible. Laureano Figuerola, el Ministro de Hacienda de la Revolución. Gabriel Rodríguez, el hombre que no quiso ser Ministro. José Echegaray, el hombre que lo fue todo y cuya vida no tuvo ocaso. Y Eugenio Montero Ríos, el gran Legislador de la Revolución.
Una buena parte de esa obra ha llegado hasta nosotros, desde la entronización de la peseta como unidad monetaria hasta el Banco de España, como único de emisión, pasando por la Ley Orgánica del Poder Judicial que llegó hasta 1985, el Código Penal que duró hasta 1932, en plena República, la Ley de Registro Civil, que estuvo vigente hasta 1957, las Leyes del Matrimonio Civil y del Jurado y la Ley reguladora de la gracia del indulto, ¡que sigue todavía en vigor!