LEÓN. CRÓNICA DE DOS SIGLOS

LEÓN. CRÓNICA DE DOS SIGLOS

Editorial:
CULTURAL NORTE (PAPEL)
Año de edición:
Materia
Temas Leoneses
ISBN:
978-84-120447-0-6
Páginas:
232
Encuadernación:
Rústica
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El siglo XX fue, sin duda, un momento extraordinario en la historia del mundo. Y a ese siglo XX en el que nació el autor de estas páginas se le achacan todos los avances que nos rodean. Las innovaciones industriales, con su influencia en nuestra vida diaria, y con su influencia en los grandes movimientos sociales… la electricidad, y con ella toda la tecnología antes impensable: la iluminación moderna, el teléfono, la informática… ¿Eliminó esa tecnología los males del mundo? En absoluto. Pero es evidente que suavizó la vida, hasta entonces tan llena de carencias, de la gente corriente de nuestro entorno.
Pero, ¿es cierto que es el siglo XX la cuna de todos esos cambios? En gran parte, no. Todo ese vendaval de novedades nace en el siglo anterior. Basta con intercalar una i mayúscula entre las dos equis, y trasladarnos del XX al XIX, para encontrarnos en medio de seres geniales, innovadores, creativos. De seres llenos de ilusión. De personajes cómo Gaudí, cómo Torres Quevedo, cómo Isaac Peral. ¿Qué decir de los artistas y escritores españoles del XIX? Necesitaríamos horas para profundizar en unas trayectorias humanas asombrosas. ¿Y, los avances técnicos? También aparecen en el XIX. Cuando se construye la Casa de Botines, en León ya contamos con los primeros balbuceos de la iluminación eléctrica. Y funciona el telégrafo. Y aún más, ya funcionan algunos teléfonos. Por supuesto, con una infraestructura que está a años luz de la actual. Pero que está.
Por todo ello, esa singularidad del siglo XX nace, y queda claro a poco que nos detengamos a revisar ese tiempo histórico, del siglo XIX, que le marca, que le dirige, que es casi un padre del nuevo siglo. Pero, hay algo más que hace del siglo XIX algo especial: Es el siglo del romanticismo. Es el siglo de los viajeros que dejan el confort de la vieja Europa, unos, o del nuevo continente, otros, para zambullirse en selvas en las que jamás ha pisado el hombre. No ya el hombre blanco; en algunos casos, ningún hombre. Es el siglo en el que se encuentran dos exploradores, después de meses, sabiendo el uno del otro, pero sin haberse visto. Y en medio de África, al verse cara a cara, se hablan cómo si estuvieran en un club inglés: “El Doctor Livingstone, supongo”. Ahora, se nos quiere convencer de que nunca se dijo esa frase. Quizá no se dijo, pero se soñó, y puede que eso sea mucho más importante.
Son los hombres que están poseídos por la pasión. El siglo XIX es pasión. La pasión de los descubrimientos, de los viajes… Y es el tiempo de Schubert, y de la madurez innovadora y ya eterna de Beethoven. De los seres humanos arrastrados por amores imparables, cómo Chopin en Valldemosa, una locura de amor que nos ha legado piezas musicales excelsas. Y de los seres humanos arrastrados por la pasión de lo social. Es el siglo de Karl Marx, de los imperios en Europa, que sueñan con la grandeza, y de los hombres cuya pasión es la defensa de sus vidas y de sus territorios ante el avance de esos mismos imperios, de esos imperios ebrios de grandeza.
Y todo eso, esa burbuja de pasión que viene del XIX, estalla con estruendo en el siglo XX. Y se pueden ver en León, en nuestra tierra, indicios de esos momentos apasionantes, reflejos, momentos vitales que no hay que dejar evaporarse. Así surgen estos doce relatos, que el lector que se asome a estas páginas podrá disfrutar. Doce relatos que son la crónica de doce hechos reales sucedidos en estos pagos, o que tuvieron relación con ellos. Doce historias a veces inéditas y a veces no, pero todas filtradas por la mente (no siempre juiciosa) de este humilde autor. Doce narraciones basadas en hechos rigurosamente ciertos, pero trufados de fantasía.
Este compendio de crónicas que el lector tiene en sus manos nace al mismo tiempo que ese periodo de doscientos años que lo vertebra, con las convulsiones sociales y políticas previas a la llegada del ejército francés a León (El motín de la hogaza). Que continúan en ese contexto (Cubierto para dos, Escasez de cangrejos). Y que rematan el siglo XIX con una jornada festiva en la iglesia de San Marcos, tan querida para este autor por otras razones (Música acuática).
El siglo XX se inicia con un accidentado viaje por tren (Es peligroso asomarse al exterior), y continúa con un hecho que nos traslada al centro de la capital leonesa, acompañados de personajes muy típicos de esa época, y, sin duda, alguno de ellos conocido de los lectores (Hoy, gran espectáculo). Otro viaje, esta vez por carretera, por aquellas carreteras llenas de baches y de polvo, en las que, inevitablemente, varios pinchazos formaban parte del recorrido, nos envuelve en los apuros de lo inesperado y en el ingenio para solucionarlos (El marqués del Pajares).
No salimos de ese entorno del centro de la capital, y de sus instalaciones hoteleras más emblemáticas, para seguir nuestro recorrido, entre la realidad, la imaginación y la anécdota. El estallido de la Guerra Civil, en el mes de julio de 1936, revelará las extrañas reacciones que pueden tener las personas en una situación extrema (Comida para el gato). Y ya subidos en ese corcel terrible de la Guerra, recorreremos media España detrás del paradero de un piloto republicano hijo de nuestra provincia (El piloto).
Más cerca de nuestros días, en tiempos que este autor ya recuerda, un hecho típico de la picaresca de aquellos años nos presenta a personajes muy característicos de mediados del siglo XX (El galán). Eso nos abre la prodigiosa década de los años 60, y el sofocón de algunos reclutas del Depósito de Sementales cuando se ubicaba en San Marcos, a los que un golpe de la mala fortuna les llevó a lanzarse a la carrera hasta el centro de la ciudad (El seductor de la avenida).
De esta forma, se acaba el siglo XX y se cierra nuestro conjunto de relatos, con los apuros de dos amigos que en un momento dado protagonizaron algo que, a pesar de no ser ya unos chiquillos, sería más calificable de travesura que de otra cosa (Tengo tu misericordia). Una travesura, pero arriesgada.
Cuando alguien me hace el honor de haber leído algo escrito por mí, suelo decirle que mi mayor placer es que haya disfrutado leyéndolo tanto cómo yo disfruté escribiéndolo. Y os aseguro que he disfrutado al realizar este libro. Y que, en algún capítulo, me he emocionado hasta las lágrimas, pero el pudor me impide decir por qué. Aunque algunos de mis más allegados sabrán ese por qué, al conocer mi relación con esos hechos, o con las personas que los protagonizaron, o con los lugares donde sucedieron. La emoción, siempre la emoción, sin la cual la creación… es otra cosa.
Y, recordad que todo lo aquí narrado, sucedió. Aunque al darlo a conocer se vista con ropajes que oculten la identidad de algunos de sus protagonistas. Pero sin ocultar en ningún modo la esencia de lo ocurrido. Y buscando siempre la complicidad del lector, para que disfrute junto al autor en ese viaje de doscientos años, un viaje pleno de momentos sorprendentes.

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