MARTÍNEZ GARCÍA, LUIS
A lo largo de los siete siglos de los que tenemos
referencias históricas constatables del cauce de la
Cerrajera, los molinos harineros siempre jugaron un
protagonismo decisivo por ejercer una funcionalidad
transformadora que identificó a todos los pueblos que
jalonan su recorrido. La función molturadora de cereales, y en algunas localidades también de la linaza, fue evidentemente la prioritaria, permitiendo satisfacer
esta industria artesanal una demanda humana y ganadera que fue sumamente necesaria en un contexto de economía rural. Pero esta situación se iba a ver transformada sustancialmente durante la segunda década del siglo xx, al asociarse a estos establecimientos molturadores una nueva utilidad económica: la producción de energía eléctrica en pequeñas minicentrales radicadas en algunos de estos molinos. Así, a la producción de bienes (harina o aceite de linaza) se unía la producción de un servicio (electricidad).
En concreto, se iban a desarrollar un total de seis
proyectos por parte de algunos promotores privados
que vieron una oportunidad de negocio en el suministro de luz a unos cuantos pueblos del entorno. En pocos años esos negocios terminaron siendo un mero espejismo, pues todos terminarían fracasando ante la dura competencia de grandes compañías eléctricas, pero es innegable que la etapa de génesis y despegue tuvo su protagonismo en estas pequeñas inversiones asentadas sobre los molinos de esta arteria de agua.